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14 de marzo de 2011

Ayudame, Señor..

A descubrir un DESIERTO en la cuaresma,
donde retirarme y poder encontrarte.

A PERDONAR, y así, de la misma forma,
sentir que Tú olvidas mis errores.

A volver y ENCONTRARME contigo,
y comprender lo mucho que me amas.

A buscar la LUZ que me permita contemplar
las maravillas de tu poder y de tu bondad.

A recuperar la SALUD frente a mi enfermedad,
física, espiritual o corporal.

A beber del AGUA de la samaritana,
y abrirme de verdad a tu presencia.

A caminar hacia la LIBERTAD que me ofreces,
cayendo en la cuenta de la esclavitud que me atenaza.

A no escapar de la CRUZ cuando llegue,
y saber que, Tú, me ayudas a llevarla.

A subir a tu monte y TRANSFIGURARME,
sintiendo que soy hijo del Padre.

A dejar a un lado la ESCORIA de mi vida,
y llegar a la Pascua con espíritu renovado.

Amén.

9 de marzo de 2011

Oración de Cuaresma..

Jesús. Un año más me invitas a recorrer el camino hacia la Pascua.
Soy consciente de que, tal vez, me encuentres con las mismas dudas e inquietudes que el año pasado.
Jesús. Perdóname, porque muchas veces pretendo orar y siempre encuentro mil excusas.
Sin embargo, siempre estás allí, a mi lado; sales a mi encuentro cuando estoy decaído y por eso, quiero recuperar las ganas de estar junto a ti.
Jesús. Cuando caminas cansado y agotado hacia el gólgota, me haces ver que la vida es maravillosa, porque igual que tú, cuando uno se ofrece para llevar la felicidad a los demás, a los despreciados, a los que nadie quiere, a los enfermos; se da cuenta que a tu lado la vida tiene otro sentido.
Por eso, Jesús, ayúdame:
-para que tu palabra no sobre en mi mochila;
-para que pueda conocerte mejor;
-para que si hago ayuno lo haga sin ruido;
-para que mi caridad florezca con sencillez;
-que mi oración brote como un rayo de sol entre las nubes, y sobre todo, que nunca deje de buscarte.
Jesús. Ayúdame también, para que este tiempo de cuaresma, sea un oasis de meditación y de paz; de pensar en las veces que me he olvidado de ti mientras tú sufrías y morías por cada uno de nosotros. Nada más ni nada menos, que por amor.
Jesús. Ya sé que quieres que te mire a los ojos y así pueda descubrir que merece la alegría seguirte. Por todo eso, Jesús, ayúdame…

1 de marzo de 2010

La Transfiguración del Señor...

Reflexiones radiales de Monseñor Rubén Oscar Frassia.
2º domingo de Cuaresma.
Evangelio según San Lucas 9, 28b-36 (Ciclo C).

En este Evangelio nos encontramos con la Transfiguración del Señor, donde el Padre le muestra su gloria junto Moisés y Elías: el Patriarca mediador y el Profeta. Es el Antiguo Testamento que está acompañando a Jesús, que va a vivir el momento más importante preparándose a su próximo éxodo, que deberá tener en Jerusalén.
Moisés y Elías parece que lo están consolando, animando para que dé el paso definitivo. Pero esto no significa “debilidad” del Señor, sino que es acompañamiento ante la misión de Jesucristo.
Luego está la voz del Padre que lo señala como Hijo y nos invita a escucharlo. Es “el ciervo de Yaveh que está destinado al sacrificio”. El sacrificio único que nos redime y lo hace nuestro Redentor, el Salvador, el Mesías. Y todo se va a concentrar en Jerusalén. Pero la última parte, el epílogo, no será la muerte sino la Resurrección. Es Dios que acompaña a Jesús para hacer este acto único y definitivo.
Todo esto, también tenemos que vivirlo. El hombre nace solo y muere solo. En la vida uno tiene que tomar decisiones que, muchas veces, las tiene que tomar solo. Ante grandes situaciones, ante conflictos, ante perplejidades, ante tentaciones, ante desafíos, ante miedos ¡tiene que tomar decisiones!
De allí que, cada uno de nosotros, el cristiano, debe prepararse para la misión para la madurez, para su pascua, para decirle si definitivamente a Dios. Que no tengamos miedo: el Señor pasó por nosotros; el Señor lo vivió, nosotros tenemos que repetir el mismo misterio.
Pero esta decisión de decirle si a Dios, es el acto más sublime, más humano más cristiano, más pleno, que una persona puede tomar: decidirse por Dios y alejarse de todo aquello que sea pecado.
No hay resultados tangibles, a veces, sólo la certeza de que el Señor guía nuestra historia. Muchas veces las decisiones terminan, aparentemente, en un fracaso. Pero el epílogo no es el fracaso sino que es la Vida Nueva, la Resurrección.
Que la Resurrección de sentido a nuestra vida y a las decisiones que tenemos que tomar, para ser más humanos y vivir cada vez más responsablemente como cristianos.
Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.