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3 de mayo de 2011

Tocar al Señor, por la Fe, para creer en Él..

2º domingo de Pascua. Domingo de la Misericordia.
Evangelio según San Juan 20,19-31 (Ciclo A).
Reflexiones radiales de nuestro Obispo.

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". El les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré".
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe".
Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".
Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!".
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

La presencia de Cristo glorificado, pero que guarda y conserva todas las realidades transformadas de su humanidad (por eso no es un fantasma ya que un fantasma no tendría corporeidad) está vivo y tiene una corporeidad transformada. Por ese motivo la incredulidad de Tomás -que tiene que tocar a Cristo glorificado- cree y expresa esa frase admirable de reconocimiento: ¡Señor mío y Dios mío!, pone el acto de fe.

Por la fe, no por cosas visibles o materiales, todos nosotros tenemos que sabernos tocados por el Señor y tocar al Señor. El Señor nos toca al darnos la vida, al darnos nuestra pertenencia por el bautismo, al Pueblo Santo de Dios, la Iglesia. Y nos toca permanentemente con su mirada, con su ternura, con su amor, con su misericordia, con su presencia, con su gracia.

¡Esto quiero que reconozcamos hoy! Tenemos que tocar al Señor por la fe para creer en El, sabiendo que es Jesús, que es el Mesías, que es el enviado, el Hijo de Dios; y creyendo en El tengamos vida en su Nombre y vida en abundancia. Que en esta fe en Cristo, esta misericordia que Dios tiene con nosotros, en este domingo de la Misericordia, Jesús resucitado esté muy presente.

Hoy, 1º de mayo, es un día muy especial ya que asistimos a la beatificación del querido Juan Pablo II, y quiero recordar cuando en 2003, año que los obispos argentinos fuimos en visita ad límina para ver al Santo Padre, a solas con él por unos minutos, le pregunté al santo, al anciano, al sabio, a Pedro, qué me decía para este tiempo; y me dijo: “Creer en Dios, creer en Cristo, creer en la Virgen, la Iglesia, Vaticano II y el documento ‘Al inicio del Tercer milenio’, allí está todo, nada más”
Hoy se los transmito a ustedes porque ese sabio hoy es Beato, me lo dijo a mí como cabeza de la Iglesia, de la diócesis de Avellaneda Lanús, en un coloquio personal, por eso lo comparto.

Les dejo mi bendición en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Mons. Rubén Oscar Frassia.

25 de abril de 2011

Es verdad, Cristo ha resucitado..

Hoy estamos presentes nuevamente ante el misterio de la vida y de la redención. Cristo, que fue crucificado y murió, ha resucitado. Con su resurrección vence el pecado y la muerte. Tenemos que escuchar una vez más, pero con fuerza inusitada estas sus palabras: “No teman, soy yo” (Jn. 6, 20). “Yo estaré con Ustedes hasta el final de los tiempos” (Mt. 28, 19).
Así como el pecado inundó y trastocó el equilibrio humano opacándolo y haciéndolo caer en la desesperación, en la oscuridad y en una terrible destrucción, Él con su pasión, muerte y resurrección, pagó todos nuestros errores, pecados y fragilidades. Él hace nueva todas las cosas. Nos toca y por medio del bautismo, incorporándonos a Él, nos bendice para siempre y nos encuentra, y al encontrarnos, Cristo, nos regala su comunión, nos da la vida divina, nos llama a la conversión sincera y nos hace participar en esa muerte y resurrección redentoras. “Con el Bautismo, al participar en la muerte y resurrección de Cristo, (los bautizados) comienzan con Él la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo” (Benedicto XVI. Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero del 2010).
El discípulo es llamado a ser testigo. El testigo es enviado. Su vida nueva por vocación es misionera. Nadie puede ser misionero, ni enviado, sino pasa primero por la experiencia profunda del encuentro con Cristo, en otras palabras, si no vive con verdad, convicción, identidad y compromiso su bautismo. Este no es un rito que queda en el pasado sino que es el hecho fundamental que orienta nuestra vida de modo afectivo y efectivo en el accionar de nuestro apostolado. El ser llamados y enviados nos da fuerza para testimoniar, si no tenemos fuerza en el trabajo testimonial, es indudablemente por la falta de convicción, compromiso y amor.
Estos valores no vienen de afuera, surgen de la misma fuerza de la verdad. Esta verdad se amasa en el silencio de la oración. Sin la Palabra de Dios uno pierde la orientación, sin la Eucaristía uno pierde la fuerza del amor, ya que ambas Palabra y Eucaristía son las dos fuentes que alimentan y sostienen realmente la vida cristiana. La Palabra se escucha y se recibe. Ésta nos ilumina, nos poda y nos fortalece. La Eucaristía, recibida con las debidas disposiciones, nos hace participar de la Vida y despeja todo vestigio de pecado, infidelidad, egoísmo y mentira.
Jesús resucitado nos dice: no tengan miedo. Levántense, Yo los ayudo a vivir, amar y servir como libres y no como esclavos. No tengan miedo, no vivan como cobardes. Dejen que el Espíritu los encienda con el fuego de su Amor. No vivan como derrotados, Yo me entregué por cada uno de ustedes, ¿todavía no se dan cuenta del amor que les tengo? ¿Qué más quieren que haga por ustedes?
La vida nueva recibida se debe vivir responsablemente. Con madurez, con objetividad, sin caprichos y sin arbitrariedades. Con voluntad de decisión y no solamente con “ganas”. Que no se apague en ustedes lo que da sentido a la vida: pensar, conocer, amar. Basta de echar la culpa a los demás. Cada uno, en su lugar, en su vida, en la sociedad, en sus tareas y funciones, debemos hacernos cargo de nuestra respuesta. Somos responsables de nuestra propia maduración.
La Virgen María, los Santos, cada uno de ellos ha entendido, comprendido y asumido este mensaje. Que María al pie de la cruz, nos ayude también a nosotros a responder a Cristo y a vivir cuidando a la Iglesia, al hermano, al pobre, y al que comparte con nosotros la misma suerte, el mismo sentido de la vida.
El querido Papa Juan Pablo II, que será beatificado próximamente, hace 10 años, el 24 de abril de 2001, nos modificó a todos nosotros, enriqueciéndonos con esta nueva realidad de Avellaneda-Lanús. Este acontecimiento nos invita a vivir renovadamente esta Pascua. Por eso, en este Año Jubilar Diocesano, todos debemos hacer más creíble a la Iglesia, siendo testigos de la esperanza y anunciadores del mundo nuevo que ya ha comenzado, porque Cristo Redentor ha definido para siempre el rumbo de la historia de la humanidad.
Felices Pascuas de Resurrección, Él los bendiga a todos y les de la alegría de comenzar una vida nueva.

+Mons. Rubén O. Frassia.
Obispo de Avellaneda-Lanús.

14 de abril de 2011

La Pasión de Cristo, de la Beata Ana Catalina Emmerich

La lectura de las visiones de la monja Ana Catalina Emmerich acerca de la Pasión de Jesús nos deja impactados. El minucioso relato que la mística alemana –que vivió entre fines del siglo XVIII y principios del XIX– hace a un escritor alemán desde su lecho de enferma durante sus últimos años de vida, sorprende por su crudeza. Siguiendo el mismo orden de los evangelios (desde la Última Cena hasta la Resurrección), describe en forma exagerada, si se comparan sus narraciones con lo que dicen los evangelistas, los momentos de dolor del Señor, dejando en claro que fueron peor de lo que podía suponerse.


La elocuencia que las visiones de Ana Catalina le imprimen a los momentos culminantes del paso de Jesús por este mundo atraviesa las casi 200 carillas de la transcripción hecha por Clemens Brentano, que dieron lugar a la obra conocida como "La amarga Pasión de Cristo". Libro que, por otra parte, tuvo gran repercusión en su momento. Por ejemplo, respecto de la oración de Jesús en el huerto, en la cual, según el evangelio de san Lucas, el Señor "sudaba como gruesas gotas de sangre", la religiosa dice haber visto que Jesús, "empapado en sangre", oraba en una agonía casi interminable.
En los prolegómenos de su condena, cuando entre Herodes, Caifás y Pilato se dedican a decidir la muerte o liberación de Jesús, la esposa de Pilato –según Ana Catalina– juega un papel especial. Se la llama por el nombre que aparece en uno de los evangelios apócrifos: Claudia Procra. Ella se muestra interesada en la libertad de Jesús, intentando mover el corazón de su esposo de todas las maneras posibles. Pilato, a pesar de los intentos de Claudia, sucumbe ante la avanzada del Sanedrín, y condena a muerte a Jesús. La visión de la monja sobre esta situación insume varias páginas.
Los dolores físicos de Jesús aparecen en las visiones de la mística alemana con impresionante intensidad desde el momento del arresto y de la tortura. La flagelación y la coronación de espinas se describen mostrando la crueldad de los verdugos y la entrega de Jesús, indefenso, pero a la vez consciente de que DEBE soportar estos dolores porque la obediencia al Padre y la salvación de los hombres está por encima de su propia vida.
El detalle de la flagelación impacta especialmente. Ana Catalina afirma que la flagelación duró "tres cuartos de hora" y que fueron dos turnos de soldados (aclarando que estaban borrachos) los encargados de golpear, maltratar y flagelar a Jesús. Dice que sus fuerzas flaquean en muchos momentos, cayendo "bañado en su propia sangre", y que ante los golpes y atropellos, el Señor "miraba a sus verdugos con los ojos arrasados de sangre y parecía que les suplicara misericordia". Esta súplica no fue atendida por los soldados, pues "la rabia de ellos se redoblaba y los gemidos de Jesús eran cada vez más débiles". En medio de tanto dolor, dice que se destaca el consuelo de los ángeles, la oración sufriente del Señor, y el dolor de María, que aparece abatida y sostenida por algunos discípulos y María Magdalena.
Después de ser condenado a muerte, señala que Jesús es obligado a cargar con su propia cruz, al igual que ocurre en el relato del evangelio de San Juan. Pero hace una importante diferencia: describe en forma muy detallada siete caídas del Señor bajo el peso de la cruz, mientras que en ninguno de los evangelios se dice algo similar, y la tradición piadosa del vía crucis solo nombra tres caídas. La última, según ella, ocurre en el lugar mismo donde iba a ser crucificado. Y añade que luego de caer, los soldados lo obligan a pararse tirando de él para levantarlo. Ana Catalina refiere ese momento en estos términos: "¡Qué doloroso espectáculo representaba El Salvador allí de pie en el sitio de su suplicio, tan triste, tan pálido, tan destrozado, tan ensangrentado!".
Del relato de la mística alemana surge que quien está más cerca de Jesús en todo momento es su madre. María aparece sumida en un "indecible dolor" que hace que muchas veces se desmaye o pierda la conciencia. Según Ana Catalina, será la Virgen la primera testigo de la resurrección, a diferencia de lo que dicen los evangelios canónicos, que citan como la primera testigo a María Magdalena. Una mujer que, de todas maneras, se presenta en las visiones muy cercana a María, en una relación cargada de afecto.
El momento en que Jesús es clavado en la cruz es relatado de una forma particularmente cruda. La narración de los detalles de cómo fueron puestos los clavos, las dificultades "técnicas" de los soldados para clavar sus manos y sus pies, y el tormento de un cuerpo que ya no puede resistir más, no parece tener el pudor que sí tuvieron los redactores de los evangelios. En ese tramo, Ana Catalina se observa a sí misma en una actitud contemplativa, y dice que se hallaba "en la más profunda oscuridad donde no veía más que a mi Esposo clavado en la cruz". Y agrega sobre ese momento que en medio de las "siete palabras" que Jesús sentencia a modo de despedida, todo el mundo queda sumido en la misma oscuridad.
La muerte de Jesús, sin embargo, es descrita con bastante austeridad. Simplemente dice que Jesús, luego de proclamar la "séptima palabra" ("Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu"), dio un grito "a la vez suave y fuerte, que se oyó en el cielo y la tierra. Después de esto, Nuestro Señor inclinó la cabeza y entregó su espíritu".
De todas formas, la lectura de "la amarga Pasión de Cristo", debe ser hecha considerando que se trata de visiones personales, íntimas, de Ana Catalina, y que éstas no tienen otro asidero histórico más que su propia interpretación.

Textuales del relato de Ana Catalina:
Ante Pilatos, Jesús "era irreconocible a causa de la sangre que le cubría los ojos, la boca y la barba. Su cuerpo era pura llaga".
La flagelación duró "tres cuartos de hora", cayendo "bañado en su propia sangre" y mirando como si estuviera "suplicando misericordia".
"María se prosternó y besó la tierra allí donde su hijo había caído. Magdalena se retorcía las manos y Juan las consolaba, levantaba y alejaba".
"Ataron su pecho y sus brazos al madero para que el peso del cuerpo no arrancara las manos de los calvos. El sufrimiento era insoportable".
"La crueldad de los hombres lo desfiguró (...). Un gemido suave y claro salió del pecho de Jesús, y su sangre salpicó los brazos de sus verdugos".

La Iglesia ante las visiones de Ana Catalina.
Nacida en el pueblo de Flamsche, Münster, en el seno de una familia muy humilde y piadosa, ingresó a las 28 años en el monasterio de las Agustinas de Agnetenberg. Su vida estuvo signada por enfermedades y una invalidez tras un accidente que la postró en 1813 hasta su muerte en 1824. Desde su lecho le dictó al escritor Clemens Brentano sus visiones. Pese a su severa limitación, desarrolló un fructífero apostolado por el que fue beatificada.

Ana Catalina Emmerich mostró y experimentó en su propia piel 'la amarga pasión de Cristo', dijo el Papa Juan Pablo II cuando la beatificó el 3/X/2004. Se refería a los estigmas del padecimiento de Jesús que sufría la monja, pero no a sus relatos sobre los momentos culminantes de la vida de Jesús, que se encuentran en la categoría de visiones privadas no reconocidas por la Iglesia. Con todo, esas visiones fueron y siguen siendo hoy, a casi dos siglos de su muerte, fuente de inspiración religiosa para muchos. Además de que otros relatos de la monja, como los referidos a la vida de la Virgen, tuvieron un correlato en la realidad al permitir el hallazgo de la casa de María en Efeso.

 Fuente: Valores Religiosos.

3 de abril de 2010

Sábado Santo... Oración para rezar durante el día...

Virgen María, madre de Jesús y madre nuestra, señora de la esperanza, en este día queremos acompañarte junto a la tumba de tu hijo, él ha descendido al lugar de los muertos pero no ha sido vencido, con su resurrección ha triunfado sobre la misma muerte venciéndola para siempre.
Tú, Virgen de la esperanza, siempre confiaste en el Señor y por eso ningún sufrimiento te hizo desesperar.
Ayuda a nuestra familia para que aún en las pruebas más duras y amargas, sepa esperar como Tú, sabiendo que después de la muerte llega siempre la resurrección. Amén.

2 de abril de 2010

Viernes Santo... Para rezar en familia delante del Crucifijo...

Señor Jesús, hoy revivimos el dolor de tu muerte sintiendo nuevamente el dolor del impacto que ella tiene en nuestras vidas.
Gracias porque diste tu vida para salvarnos y sufriste para redimirnos.
En esta pequeña iglesia que es nuestro hogar, queremos confiarte aquellos sufrimientos y penas que a veces no aceptamos con demasiado amor.
Debemos confesar avergonzados que frecuentemente nos quejamos de las cruces que nos impone la vida familiar, y no nos damos cuenta que deberíamos abrazarlas con el mismo amor que Tú lo hiciste.
Ayúdanos Señor, para que a ejemplo tuyo todo lo compartamos, las alegrías y las penas, y tengamos siempre presente que los sacrificios asumidos con amor conducen a la vida nueva que conquistastes con tu resurrección.
Todo esto te lo pedimos animados por el ejemplo de tu madre, la Virgen dolorosa, que supo acompañarte en el dolor y ahora está junto a ti, donde vives y reinas por los siglos de los siglos, amén.

1 de abril de 2010

Jueves Santo... Oración de la Familia por los Sacerdotes...

Señor Jesús, hoy celebramos nuevamente tu última cena y recordamos que en ella instituiste el sacerdocio ministerial, la eucaristía y el mandamiento supremo del amor.
Nuestra familia quiere ahora pedirte por los sacerdotes que nos diste, para que fueran nuestros pastores.
Ellos salieron de una familia como la nuestra, para servir a todos los hombres.
Danos Señor, un corazón de hermanos para comprender sus debilidades y alentarnos en la misión que les encomendaste.
También queremos decirte que necesitamos sentir hambre del pan de la eucaristía para que el amor de nuestro hogar nunca se debilite, sea fecundo y servicial. Amén.

28 de marzo de 2010

Domingo de Ramos... Para rezar en familia antes de colocar el ramo bendito en el Crucifijo...

Señor Jesús, con este mismo ramo te acompañamos hoy a recordar tu entrada en Jerusalén, con nuestra presencia en el templo dijimos que somos tus seguidores y que tú eres el rey de los reyes.
Ahora te pedimos que protejas a nuestra familia de todo mal y nos conviertas en testigos de tu amor y tu paz, para que un día podamos reinar contigo en la Jerusalén celestial, donde vives y reinas por los siglos de los siglos, amén.