La curación de Jorge Passamonti.
La historia de Jorge Passamonti y de su milagro comienza silenciosamente con un malestar, que siente a fines de Marzo de 1944; malestar al que el médico no le acuerda ninguna importancia y que no impide a Jorge asistir algún que otro día a clase.
Tiene 14 años, frecuenta el primer año del ciclo medio superior de orientación científica, y no es ciertamente de esos chicos a los que les gusta con exceso el estudio.
Con el pasar de los días, después de una aparente mejoría, los síntomas se vuelven alarmantes. La fiebre baja, y al malestar se añade una extraña rigidez muscular.
Aún no se diagnostica la enfermedad, pero cuando Jorge pierde el reflejo de deglución y comienza a faltarle la vista, se ve la necesidad de llevarlo al Hospital.
Entonces la madre, antes de que abandone la casa, pide que le administren los últimos sacramentos. En el Hospital de Lodi, se improvisa un lecho en una salita, depósito de muebles fuera de uso.
El Jueves Santo, 6 de Abril, la enfermedad del muchacho tiene ya nombre; se trata de meningitis tuberculosa.
Los médicos se sienten impotentes y primero dejan entender y luego declaran abiertamente, con suavidad y pesar, que no hay nada que hacer. En 1944 aún no se conoce en Italia el uso de los antibióticos. De meningitis se muere; y si alguno sobrevive, quedará reducido a vida vegetativa, a causa de los gravísimos handicaps que produce.
El 7 de Abril, Viernes Santo, aumentan los síntomas mortales. Jorge está en coma, no llega a tragar ni una gota de agua. Lo más que puede hacer su madre es humedecerle los labios resecos.
Por la tarde pasa el Obispo Mons. Colchi Novati, y las hermanas le piden una bendición especial para ese muchachito que se está yendo. El obispo va al lecho y recita en alta voz las oraciones para los moribundos."Al anochecer, narra la Sra. Passamonti, viene el director, Dr. Pedrimoni, me dice que el muchacho no llegará a la mañana, y me pregunta si tengo la ropa lista para vestirlo.
Jorge -continúa la Señora Passamonti-, estaba con una bolsa de hielo en la cabeza. Yo que no sabía a que Santo recurrir, había deslizado debajo de la bolsa una estampa con la imagen de Don Orione. La había traído a casa de una de mis hijas, que la había recibido a su vez de una maestra.
Hacía 4 años que Don Orione había fallecido, y la fama de sus virtudes cristianas estaba entonces muy viva. Se trataba en todo caso de una devoción nueva, y puede ser que la Sra. Passamonti pensara que un santo que hace poco que está en el cielo tenga más milagros a disposición.
Pero yo, continúa ella, no le pedía la gracia de que me salvara a mi hijo. Me parecía pedir demasiado. Le pedía solamente que durara unas horas más, para que su padre, que estaba de viaje desde S. Remo, pudiera verlo aún con vida.
El año anterior, cuando falleciera otro niño, su padre no había llegado a tiempo para saludarlo. Y ahora este se nos iba a ir..... Decía a Don Orione: ¿Qué son para ti unas pocas horas? Tienes toda la eternidad a tu disposición. Di al Señor que conserve con vida a Jorge hasta la mañana, cuando llegue el tren con su padre.
Serían las 2 de la mañana-agrega la Sra. Passamonti- cuando Jorge de repente se sentó en la cama, y él, que desde hacía días no hablaba, me dice: `Mamá, mamá, ¡qué luz, qué luz!`. A lo que yo, a mi vez le contesto: ´¿Pero dónde está la luz, Jorge? Será la luz del Señor que viene a llevarte. Quédate tranquilo. Reza por tu papá. Feliz de ti, que te vas al cielo.
Tampoco yo me daba cuenta de lo que decía, porque estaba convencida de que Jorge se nos estaba yendo de veras. Por el contrario, acierto punto, él me dice: “Sabes, mamá, ya no me muero más”. Se apoya en mi brazo y queda con la mirada fija en un rincón de la pieza. Luego agrega: “Ahora, duerme tú también”.
Imaginarse si yo estaba entonces con ganas de dormir. Pero él seguía insistiendo para que durmiera. Entonces para complacerlo, me envolví en una frazada, y fingí que me dormía sentada en una silla.
Pero él no se dejaba engañar, quizá porque intuía que tenía los ojos bien abiertos. Te dije que duermas, no finjas. Luego sucedió que hubiera creído imposible. Me dormí de veras, y cuando me desperté era ya el alba, y Jorge estaba extendido con una calma que me hubiera parecido la de la muerte. Y pensaba dentro de mí: ¡qué madre que soy!¡Dormir mientras un hijo muere! Perdóname Jorge, no lo hice queriendo.
Pensé luego que debía comenzar a limpiar la pieza, y fui a buscar una escoba. De vuelta, encontré a Jorge sentado en la cama, embebiendo un pan negro con una taza de leche, y sin darme tiempo a hablar, me dice: ¿Mamá, no hay más pan? Este se acaba. Tengo mucha hambre, me siento del todo vacío.” Corrí entonces afuera a llamar a la hermana: Hermana, venga que mi hijo está comiendo.
La religiosa pensaba que yo desvariaba a causa del gran dolor. Son cosas que pasan. Pero cuando entró en la salita y vio ella también que Jorge mojaba el pan en la leche, se apoyo en la puerta como si se estuviera desmayando. No te muevas, que voy a llamar al doctor.
¿Qué podía hacer el doctor? Venir, verificar que la fiebre de 42 había bajado a 36, que los síntomas de la meningitis habían desaparecido, para decir luego: “Señora, no se haga ilusiones; quizás sea una mejora transitoria.
¡Pero que mejora transitoria!" Exclama la Sra. Passamonti. Por la tarde la noticia de la curación se había extendido ya por toda la ciudad, y al día siguiente la pieza de Jorge estaba llena de gente, compañeros de colegio y las respectivas madres que le traían bizcochos, caramelos y miel. Y él comía de todo, con gran disgusto del doctor, que decía: “¡Qué gente sin cabeza! Queréis hacerlo volver al estado de muerte."
Jorge insistió para dejar cuanto antes el hospital y volver a clase.
Con el tiempo desapareció también el estrabismo y no apareció ninguna de las secuelas más temidas. Más aún, Jorge no solo no perdió el año, sino que fue promovido con honor pudiendo continuar con los estudios hasta graduarse de ingeniero.
En los años siguientes su caso fue examinado varias veces por teólogos y médicos; se redactó un informe clínico de 150 páginas; fueron interrogados los testigos, y se confrontaron las deposiciones y datos.
La curación resultaba repentina y perfecta, como se exige para un milagro. Cuando luego, la causa de beatificación pasó a Roma, éste fue el caso elegido y estudiado por los jueces.
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27 de octubre de 2011
17 de mayo de 2011
El milagro de la Canonización de Don Orione..
Pierino Penacca es curado milagrosamente.
Natural de Momperone, clase 1912, tanto él como su mujer conocieron personalmente a Don Orione cuando eran jóvenes. En los últimos meses de 1990 le aparecieron síntomas de un “carcinoma pulmonar, necrótico, de células grandes, vastamente infiltrante”. Fue dado de alta del hospital porque, teniendo en cuenta sus pésimas condiciones generales de salud y la edad (tenía entonces 78 años), no era posible practicarle la quimioterapia ni la radioterapia. Pierino, los hijos, algunos sacerdotes y amigos orioninos, y hasta los discapacitados del Pequeño Cottolengo de Seregno invocaron a Don Orione.
Sorprendentemente, e inexplicablemente, se produjo una curación rápida que no dejó huellas del terrible tumor ni en su cuerpo ni en los resultados de los múltiples exámenes de todo tipo a que se sometió en los once años sucesivos. En esta curación, inexplicable para la ciencia, la Iglesia ha reconocido un milagro atribuido a la intercesión del beato Luis Orione.
“Papá se repuso bien y rápido”, afirmaron unánimemente sus hijos. No hubo más partes médicos o manifestaciones que aludieran a la enfermedad. Pierino volvió a su vida normal: trabajaba en el campo, hacía de carpintero, tocaba el acordeón. Se mantuvo siempre animado hasta pocos meses antes de la muerte, que tuvo lugar el 2 de abril de 2001, con casi 89 años, por causas ajenas al tumor.
Fue su médico de cabecera quien empezó a albergar sospechas, desde el punto de vista científico, sobre lo que había ocurrido. Pero los familiares, que habían guardado silencio sobre el carácter prodigioso de la curación, tenían una explicación, la cual testimoniaron ante quienes llevaban adelante la causa de canonización de Don Orione.
He aquí algunos trozos del testimonio presentado el 30 de enero de 1999, durante el interrogatorio diocesano de Tortona.
Sobre mi estado de salud antes de ir al hospital recuerdo solamente que me sentía mal. Recuerdo que me salía sangre de la boca y que me sentía muy débil. También recuerdo poco de mi estadía en el hospital; recuerdo más fácilmente las cosas lejanas, de mi juventud, que las recientes.
Después de haber salido del hospital, comencé a sentirme bien. Hasta fui al mar ese año en enero, porque nunca he dejado de ir al mar durante el invierno. Pero no recuerdo bien. Después de ese año, nunca he estado en cama por enfermedad, ni he vuelto jamás al hospital.
Mire, yo siempre le he rezado a Don Orione. Recuerdo cuando Don Orione venía al pueblo a pedir las ollas rotas para hacer la estatua de la Virgen de la Guardia de Tortona. Recuerdo que Don Orione me ha hecho la gracia cuando me tocaba ir a la guerra. Antes de partir, fui a mi pueblo, y con mi mujer fuimos al santuario de Tortona a pedirle a Don Orione la gracia de no tener que ir al frente. Hacía poco que había muerto Don Orione, y estaba sepultado en la cripta. Le supliqué que me hiciera quedar cerca de casa, porque estábamos atravesando una situación precaria: mis padres ya eran viejos y enfermos, y también mi mujer estaba enferma; además de nuestros hijos, teníamos los cuatro hijos de mi hermano, que había muerto unos años antes a los 37 años. Un Mayor del ejército de Tortona, al conocer mi situación, sin que yo se lo pidiera me destinó a la compañía antiaérea de Tortona y así me libré de ir al frente. Después, como sabía música me pusieron de trompetista, y con eso me libré también de disparar y de hacer la guerra. Siempre he tenido mucha confianza en Don Orione y le rezo siempre. Si estoy curado, tengo que agradecer al Señor y a Don Orione.
Ahora que estoy viejo, mi salud es bastante buena. Tengo que hacer inhalaciones y tomar medicamentos pero, gracias a Dios, sigo bien. En estos últimos años no he tenido enfermedades graves.
Don Orione me ha hecho ya otras gracias y me ha protegido también en esta enfermedad. Yo no sé qué decir sobre este hecho. Sólo me queda agradecer al Señor y a Don Orione.
Natural de Momperone, clase 1912, tanto él como su mujer conocieron personalmente a Don Orione cuando eran jóvenes. En los últimos meses de 1990 le aparecieron síntomas de un “carcinoma pulmonar, necrótico, de células grandes, vastamente infiltrante”. Fue dado de alta del hospital porque, teniendo en cuenta sus pésimas condiciones generales de salud y la edad (tenía entonces 78 años), no era posible practicarle la quimioterapia ni la radioterapia. Pierino, los hijos, algunos sacerdotes y amigos orioninos, y hasta los discapacitados del Pequeño Cottolengo de Seregno invocaron a Don Orione.
Sorprendentemente, e inexplicablemente, se produjo una curación rápida que no dejó huellas del terrible tumor ni en su cuerpo ni en los resultados de los múltiples exámenes de todo tipo a que se sometió en los once años sucesivos. En esta curación, inexplicable para la ciencia, la Iglesia ha reconocido un milagro atribuido a la intercesión del beato Luis Orione.
“Papá se repuso bien y rápido”, afirmaron unánimemente sus hijos. No hubo más partes médicos o manifestaciones que aludieran a la enfermedad. Pierino volvió a su vida normal: trabajaba en el campo, hacía de carpintero, tocaba el acordeón. Se mantuvo siempre animado hasta pocos meses antes de la muerte, que tuvo lugar el 2 de abril de 2001, con casi 89 años, por causas ajenas al tumor.
Fue su médico de cabecera quien empezó a albergar sospechas, desde el punto de vista científico, sobre lo que había ocurrido. Pero los familiares, que habían guardado silencio sobre el carácter prodigioso de la curación, tenían una explicación, la cual testimoniaron ante quienes llevaban adelante la causa de canonización de Don Orione.
He aquí algunos trozos del testimonio presentado el 30 de enero de 1999, durante el interrogatorio diocesano de Tortona.
Sobre mi estado de salud antes de ir al hospital recuerdo solamente que me sentía mal. Recuerdo que me salía sangre de la boca y que me sentía muy débil. También recuerdo poco de mi estadía en el hospital; recuerdo más fácilmente las cosas lejanas, de mi juventud, que las recientes.
Después de haber salido del hospital, comencé a sentirme bien. Hasta fui al mar ese año en enero, porque nunca he dejado de ir al mar durante el invierno. Pero no recuerdo bien. Después de ese año, nunca he estado en cama por enfermedad, ni he vuelto jamás al hospital.
Mire, yo siempre le he rezado a Don Orione. Recuerdo cuando Don Orione venía al pueblo a pedir las ollas rotas para hacer la estatua de la Virgen de la Guardia de Tortona. Recuerdo que Don Orione me ha hecho la gracia cuando me tocaba ir a la guerra. Antes de partir, fui a mi pueblo, y con mi mujer fuimos al santuario de Tortona a pedirle a Don Orione la gracia de no tener que ir al frente. Hacía poco que había muerto Don Orione, y estaba sepultado en la cripta. Le supliqué que me hiciera quedar cerca de casa, porque estábamos atravesando una situación precaria: mis padres ya eran viejos y enfermos, y también mi mujer estaba enferma; además de nuestros hijos, teníamos los cuatro hijos de mi hermano, que había muerto unos años antes a los 37 años. Un Mayor del ejército de Tortona, al conocer mi situación, sin que yo se lo pidiera me destinó a la compañía antiaérea de Tortona y así me libré de ir al frente. Después, como sabía música me pusieron de trompetista, y con eso me libré también de disparar y de hacer la guerra. Siempre he tenido mucha confianza en Don Orione y le rezo siempre. Si estoy curado, tengo que agradecer al Señor y a Don Orione.
Ahora que estoy viejo, mi salud es bastante buena. Tengo que hacer inhalaciones y tomar medicamentos pero, gracias a Dios, sigo bien. En estos últimos años no he tenido enfermedades graves.
Don Orione me ha hecho ya otras gracias y me ha protegido también en esta enfermedad. Yo no sé qué decir sobre este hecho. Sólo me queda agradecer al Señor y a Don Orione.
10 de enero de 2011
Esposos italianos con 21 hijos al Altar..
ROMA, 05 Ene. 11 / 06:42 pm (ACI)
Los esposos italianos Settimio Manelli (1886-1978) y Licia Gualandris (1907-2004), bendecidos con 21 hijos, podrían ser el tercer matrimonio en llegar como pareja a los altares, tras el inicio de su causa de beatificación en esta capital.La fecunda pareja, muy querida por el Santo Padre Pío de Pietrelcina, podría alcanzar la santidad gracias a su ejemplar modo de vivir la fe y su total confianza en la Divina Providencia.
Según informó el diario italiano la Repubblica en su edición del 20 de diciembre, el proceso de beatificación comenzó con una ceremonia en Roma. San Pío de Pietrelcina conoció a la singular pareja en 1924, cuando Licia apenas tenía 17 años y Settimio era un maestro de secundaria de 38 años. Los esposos ingresaron a la rama laica de los franciscanos como terciarios y se unieron espiritualmente al Padre Pío, quien les vaticinó una descendencia de al menos 20 hijos.
Settimio y Licia se casaron en 1926 y se instalaron en Roma. A pesar de vivir durante los duros tiempos de la guerra y la postguerra, siempre vieron a sus hijos como "dones de Dios".
Uno de ellos, el sacerdote Stefano María Manelli –co-fundador de los Franciscanos de la Inmaculada, hoy con mil miembros en el todo el mundo– relató al diario un episodio de su niñez, cuando un día, su padre llegó a casa y su madre le dio la noticia de un nuevo hijo por venir. Settimio dijo a Licia: "¿Ves? Hay otra llama que Dios ha encendido".
La pareja siempre invitó a su familia a confiar en la Divina Providencia, donde encontraban su fe, confianza y aceptación cristiana. "Papá y mamá nos invitaban siempre a confiar en la Providencia, a esperar su llegada a casa, como si fuese una persona", cuenta el Padre Stefano María.
La fecundidad del matrimonio Manelli llega a nuestros días. "Entre hijos, nietos, y bisnietos la familia cuenta con alrededor de 200 personas: una gran descendencia", explicó el Padre Stefano María en la vigilia de la ceremonia de beatificación, a la cual asistió casi toda la nutrida familia.
Franciscanos de la Inmaculada.
El Padre Stefano María, fundó junto a Gabriele Pelettieri el Instituto Religioso de Derecho Pontificio de los Franciscanos de la Inmaculada en 1970. Ambos eran Franciscanos Conventuales, pero buscaban una espiritualidad con un acento más mariano, en oración, pobreza, penitencia y apostolado.
Inspirada por San Pío de Pietrelcina y San Maximiliano Kolbe -el religioso que entregó su vida en Auschwitz a cambio de un condenado a muerte- la orden ha logrado gran expansión mundial y cuenta con casi mil miembros entre religiosos, religiosas, novicios y novicias. Se trata de uno de los fenómenos vocacionales más sorprendentes de los últimos años.
11 de enero de 2010
21 de diciembre de 2009
Santo por Vocación...
Juan Pablo II, en la carta apostólica “Novo Millennio ineunte”, dice: “El ideal de perfección no implica una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar a tantos cristianos, y entre ellos a muchos laicos, que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Ahora es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria”.
En la historia de la Iglesia, han habido Santos de todos los colores y razas y en todo tiempo y lugar. Ninguna profesión tiene la exclusiva de la Santidad y ninguna esta excluida de ella. Hay Santos para todos los gustos, desde niños pequeños a abuelitos, de débiles doncellas a robustos soldados, de reyes o Papas a agricultores analfabetos.
Veamos algunos ejemplos:
Reyes. Luis de Francia y Fernando de Castilla. Isabel de Hungría o Isabel de Portugal.
Soldados. San Sebastián, capitán romano que murió mártir, atravesado por varias flechas.
Profesores. Don Bosco, Marcelino Champagnat.
Políticos. Tomas Moro, patrono de los políticos. Canciller de Inglaterra, decapitado por no anular el matrimonio de Enrique VIII.
Madres de Familia. Sta. Mónica, mamá de San Agustín. Sta. Francisca Romana, Catalina de Génova, Gianna Beretta Molla.
Niños. San Pelayo y San Tarsicio. Y los beatos Jacinta y Francisco, videntes de Fátima.
Sabios. San Jerónimo, San Agustín, Tomás de Aquino, Teresa de Avila, Catalina de Siena.
Indígenas. San Juan Diego, el vidente de la Virgen de Guadalupe, y Katerina Tekakwitha, apache de Estados Unidos.
Médicos. Santos Cosme y Damián, mártires de nuestra fe.
Zapateros. San Crispín y San Crispiniano, dos mártires del siglo III.
Asesoras del Hogar. Sta. Zita, desde los 12 sirvió como empleada en una familia distinguida hasta su muerte, o Angela Salawa.
Papas. Los beatos Pío IX y Juan XXIII, de feliz memoria, y otros muchos como San Pedro, San Lino, San Cleto.
Esposos. San Isidro labrador y su esposa; Luigi y María Beltrame Quattochi (siglo XX) que, según dijo Juan Pablo II, vivieron una vida ordinaria de modo extraordinario. Tuvieron 4 hijos, 2 de ellos sacerdotes.
Familias. Como la familia de San Basilio y su esposa Emelia con todos sus hijos: Pedro de Sebaste, Gregorio Niseno, Macrina y el grande San Basilio Magno. Y también la familia del venerable Tescelín, su esposa la beata Alicia y sus hijos los beatos Guy, Gerardo, Humbelina, Andrés Bartolomé, Nivardo y el gran San Bernardo de Claraval.
En la historia de la Iglesia, han habido Santos de todos los colores y razas y en todo tiempo y lugar. Ninguna profesión tiene la exclusiva de la Santidad y ninguna esta excluida de ella. Hay Santos para todos los gustos, desde niños pequeños a abuelitos, de débiles doncellas a robustos soldados, de reyes o Papas a agricultores analfabetos.
Veamos algunos ejemplos:
Reyes. Luis de Francia y Fernando de Castilla. Isabel de Hungría o Isabel de Portugal.
Soldados. San Sebastián, capitán romano que murió mártir, atravesado por varias flechas.
Profesores. Don Bosco, Marcelino Champagnat.
Políticos. Tomas Moro, patrono de los políticos. Canciller de Inglaterra, decapitado por no anular el matrimonio de Enrique VIII.
Madres de Familia. Sta. Mónica, mamá de San Agustín. Sta. Francisca Romana, Catalina de Génova, Gianna Beretta Molla.
Niños. San Pelayo y San Tarsicio. Y los beatos Jacinta y Francisco, videntes de Fátima.
Sabios. San Jerónimo, San Agustín, Tomás de Aquino, Teresa de Avila, Catalina de Siena.
Indígenas. San Juan Diego, el vidente de la Virgen de Guadalupe, y Katerina Tekakwitha, apache de Estados Unidos.
Médicos. Santos Cosme y Damián, mártires de nuestra fe.
Zapateros. San Crispín y San Crispiniano, dos mártires del siglo III.
Asesoras del Hogar. Sta. Zita, desde los 12 sirvió como empleada en una familia distinguida hasta su muerte, o Angela Salawa.
Papas. Los beatos Pío IX y Juan XXIII, de feliz memoria, y otros muchos como San Pedro, San Lino, San Cleto.
Esposos. San Isidro labrador y su esposa; Luigi y María Beltrame Quattochi (siglo XX) que, según dijo Juan Pablo II, vivieron una vida ordinaria de modo extraordinario. Tuvieron 4 hijos, 2 de ellos sacerdotes.
Familias. Como la familia de San Basilio y su esposa Emelia con todos sus hijos: Pedro de Sebaste, Gregorio Niseno, Macrina y el grande San Basilio Magno. Y también la familia del venerable Tescelín, su esposa la beata Alicia y sus hijos los beatos Guy, Gerardo, Humbelina, Andrés Bartolomé, Nivardo y el gran San Bernardo de Claraval.
16 de octubre de 2009
Cuando los Santos pasan... Dios pasa con ellos.
Celebrando el Año Sacerdotal, viviremos la alegría de recibir en nuestra Diócesis a las Reliquias del Santo Cura de Ars.
El viernes 7 de noviembre llega desde Francia, el Corazón de San Juan María Vianey a nuestra Catedral y durante todo el sábado se lo podrá venerar en el Santuario de las Vocaciones, la Pquia. San Juan María Vianney (Klosterman 1726, Monte Chingolo).
El viernes 7 de noviembre llega desde Francia, el Corazón de San Juan María Vianey a nuestra Catedral y durante todo el sábado se lo podrá venerar en el Santuario de las Vocaciones, la Pquia. San Juan María Vianney (Klosterman 1726, Monte Chingolo). Este es el Itinerario de las Actividades:
10 hs. Misa de Bienvenida con nuestro Obispo. Confesiones.
13 hs. Misa precedida por Pbro. Fabián Esparafita.
14 hs. Rosario en el Templo. Proyección.
15 hs. Misa precedida por Pbro. J. Celeiro. Galería de fotos.
17 hs. Misa precedida por Pbro. Diego Barboza.
19 hs. Rosario representado. Misa precedida por Pbro. G. Favero.
21 hs. Representación teatral en el Templo.
22 hs. Grupo Músical Taize.
23 hs. Misa precedida por Pbro. Omar Aranda.
00 hs. Mini Recital Grupo de San José.
02 hs. Momento Penitencial.
03 hs. Proyección – Presentación de la vida del Cura de Ars. Taller.
04 y 06 hs. Fogón.
08 hs. Misa de despedida precedida por Pbro. Oscar Casale.
10 hs. Misa de Bienvenida con nuestro Obispo. Confesiones.
13 hs. Misa precedida por Pbro. Fabián Esparafita.
14 hs. Rosario en el Templo. Proyección.
15 hs. Misa precedida por Pbro. J. Celeiro. Galería de fotos.
17 hs. Misa precedida por Pbro. Diego Barboza.
19 hs. Rosario representado. Misa precedida por Pbro. G. Favero.
21 hs. Representación teatral en el Templo.
22 hs. Grupo Músical Taize.
23 hs. Misa precedida por Pbro. Omar Aranda.
00 hs. Mini Recital Grupo de San José.
02 hs. Momento Penitencial.
03 hs. Proyección – Presentación de la vida del Cura de Ars. Taller.
04 y 06 hs. Fogón.
08 hs. Misa de despedida precedida por Pbro. Oscar Casale.
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