12 de octubre de 2011

Todos somos invitados..

Domingo 9 de octubre de 2011 – 28º durante el año
Día Mundial de las Misiones..
Evangelio según San Mateo 22, 1-14 (ciclo A)

Jesús les habló otra vez en parábolas, a los sumos sacerdotes y fariseos diciendo: "El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: 'Mi banquete está Preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas'.
Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores:
'El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.
Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren'.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
'Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?'.
El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: 'Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes'.
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos".

¡Todos somos invitados!

La invitación que Dios nos hace al banquete nupcial es para todos. Ahora bien, recibida la invitación de Dios, en la que nos sugiere su cercanía, su deseo, su proyecto, alguno de nosotros -o nosotros mismos- a veces encontramos excusas razonables para no asistir. Veamos: uno se va al campo, otro a cuidar sus negocios, otros se portan mal, y así no aceptamos la invitación. Pero el Señor dice “¡llamemos a otros!”, y llamaron a todos los que encontraron por el camino, ¡todos fueron invitados! Sin embargo había uno que no tenía el “traje de fiesta”.

El traje al que se refiere la lectura no es una característica social porque “no estaba bien vestido”. El traje de fiesta significa que no estaba adornado de sus virtudes, o en otras palabras “no era bueno”, no tenía el adorno de lo que es la vida en sus valores, en sus virtudes, y esto es lo que tenemos que entender.

¡Todos estamos llamados a vivir la bondad humana!, podemos ser de otra religión, pero todos tenemos la misma obligación: ser buenas personas; interesarnos por las familias, interesarnos por le bien común, interesarnos por los otros; no sólo por aquellos que piensan como nosotros, o que simplemente nos dan intereses o nos dan ganancias.

La invitación de Dios es para todos. Es un llamado universal donde cada uno tendrá que responder. Si tiene las manos vacías o si tiene las manos llenas. Si tiene un traje bueno, o no está adornado por ninguna de sus virtudes.

Pidamos al Señor que nos de mucha fuerza para esto y que aprendamos que, si fuimos invitados -que ya lo somos-, sepamos responder con alegría, con generosidad, con entusiasmo y con responsabilidad. ¡No seamos descorteses a esta invitación!

Les dejo mi bendición, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

3 de octubre de 2011

Todos tenemos que dar frutos..

Domingo 2 de octubre de 2011 – 27º durante el año
Evangelio según San Mateo 21,33-43(ciclo A)

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “escuchen otra parábola: un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia.
Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon.
El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera. Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: 'Respetarán a mi hijo'.
Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: ‘Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia’. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?".
Le respondieron: "Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo".
Jesús agregó: "¿No han leído nunca en las Escrituras: ‘La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos’?
Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos".
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos, entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud que lo consideraba un profeta.

“¡Todos tenemos que dar frutos!”

Es la Parábola de los viñadores homicidas. Está hablando de los seguidores de Israel, los fariseos, los escribas, porque Israel había sido la viña preferida, la viña predilecta de Dios y allí Dios envió distintos profetas y en el último tiempo a su propio Hijo. Este Hijo que no fue recibido sino rechazado y matado. De alguna manera hay un rechazo al Hijo de Dios, al Mesías. Este rechazo tiene sus incidencias y también sus consecuencias.
En la Iglesia, es decir todos nosotros, tenemos un don que Dios nos regaló: vivir y participar en el Pueblo de Dios; pero también nosotros tenemos que dar frutos. Preguntarán ¿por qué hay que dar frutos? ¡Porque somos administradores!, la vida se nos ha prestado, y también nuestra presencia y nuestra participación en la Iglesia como Pueblo de Dios.
Por lo tanto no somos patrones, somos administradores y el administrador tiene que dar cuentas. ¡Es un error pensar que uno no tiene que dar cuentas, que no tiene que dar explicaciones, que no tiene que decir cómo ha vivido en su vida todos los momentos importantes de ella! Hay que ser humilde y vivir en la verdad.
¡Y tenemos que dar frutos! ¿Quiénes? ¡La Iglesia, Pueblo de Dios! ¡Ustedes y yo! Usted es parte de la Iglesia; yo Obispo, soy parte de la Iglesia. ¡Todos tenemos que dar frutos! Tomemos conciencia de nuestra pertenencia, de nuestra vocación, de nuestra responsabilidad y de nuestra entrega de frutos que tenemos que dar. Que la Virgen, Nuestra Señora de Luján, nos bendiga como Iglesia, como Pueblo y como Nación.
Que bendiga a todos los argentinos y que todos, pueblo, gobernantes, ¡todos!, podamos entender que somos administradores y algún día tendremos que dar explicación al Señor de qué hemos hecho, cómo hemos obrado, cómo hemos respondido. Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.